• Por Jorge Medina, presidente de Proética
  • Columna publicada en el diario El Comercio

 

El 52% de peruanos ubica a la corrupción como uno de los principales problemas del país, solo 5% por debajo de la delincuencia (57%) y muy por encima del consumo de drogas (27%), según la encuesta nacional de Proética presentada ayer. A pesar de que el Perú tiene dos presidentes presos, uno fugado y otro investigado, el incremento en la percepción de la corrupción es tan solo seis puntos porcentuales más con respecto a la encuesta del 2015.

 

Llama poderosamente la atención que, a pesar de que el 75% dice estar informado sobre el Caso Lava Jato, apenas el 52% de la población señale a la corrupción como el principal problema del Perú. Ese porcentaje tampoco se acerca al 64% que asegura estar muy informado o algo informado de los casos de corrupción. Por si fuera poco, la corrupción de funcionarios y autoridades –considerada como el principal problema del Estado– apenas aumentó en un punto, de 61% a 62%, entre el 2015 y este año.

 

Estos resultados deben llevarnos a recapacitar seriamente sobre lo que está pasando hoy en el Perú: lamentablemente, la corrupción se ha normalizado. No nos indigna que Odebrecht haya admitido haber pagado US$29 millones en coimas entre el 2001 y el 2016 en el país. No nos sorprende que tengamos 67 gobernadores y ex gobernadores investigados y procesados por corrupción. No nos preocupa que 102 alcaldes y ex alcaldes provinciales ni que 428 alcaldes y ex alcaldes distritales también lo estén, según la Procuraduría Pública Especializada en Delitos de Corrupción. ¡Todo esto nos parece de lo más normal! Es más, casi la mitad de los que admitieron haber pagado una coima explica que lo hizo porque “si uno no paga, las cosas no funcionan”, y el 20% porque coimear ya “es como una costumbre”.

 

Así las cosas, la corrupción seguirá impidiendo nuestro progreso, no solo económico, sino social y humano, alimentando la desconfianza hacia el Estado y agudizando la existente entre nosotros. La mayoría de peruanos cree que la gran corrupción reduce su confianza en el Estado y prácticamente todos los encuestados (94%) aseguran que no se puede confiar en nadie o en casi nadie. Esta desconfianza generalizada hace que el ciudadano no sepa distinguir entre un peruano corrupto y uno honesto, que la transparencia sea vista como una traba y el Estado como un enemigo al que se le puede sacar ventaja con, por ejemplo, una coima.

 

¿Podemos esperar un cambio? Por sí solo, no. Pues apenas un 48% dice que no votaría por candidatos o partidos políticos corruptos. ¡Menos de la mitad del país! Y quizás en realidad sea una cifra mucho menor, ya que hay un 22% que cree que no se debe condenar a funcionarios corruptos si es que hacen obras que beneficien a la población, casi 10 puntos más que en el 2015.

 

¿Qué hacemos entonces? No queda otra cosa que asumir un verdadero compromiso y liderazgo, al más alto nivel. Ciertamente encarnado en el presidente de la República, como lo señala el 44% de la población que cree que es él quien debe liderar esta lucha. Pero para que el Perú despegue, tal liderazgo debería ser ejercido también por toda la clase dirigente del país, no solo por las autoridades.

 

La verdad sea dicha, los empresarios, la academia y hasta la sociedad civil hemos tenido un rol sorprendentemente pasivo –casi inexistente– ante los recientes hechos de corrupción. Requerimos despertar a un nivel superior de consciencia que nos haga ver que sin nuestro involucramiento personal –que deje atrás el lenguaje políticamente correcto y pase de la declaración a la acción– estaremos poniendo en serio riesgo nuestra democracia, comprometiendo nuestro desarrollo.

 

Hace poco, los principales empresarios chilenos firmaron un acuerdo para impulsar una cultura de integridad y ética empresarial. En Paraguay, los jóvenes han conformado una organización no gubernamental –Reacción Paraguay– para promover la transparencia en el manejo de las instituciones públicas. En Eslovenia, el capítulo de Transparencia Internacional ayudó a implementar un curso anticorrupción en los currículos educativos de las escuelas. 

¿Qué esperamos en el Perú? ¿Qué más tiene que pasar para que reaccionemos ante la corrupción que nos está destruyendo? ¡Despertemos ya!

 

Ilustración: Víctor Aguilar